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Monthly Archives: diciembre 2011

se vierte la cera hirviendo con cuidado en una parte de la pierna. con una paleta ancha de madera Rosa me unta desde el tobillo hasta el muslo. una tira larga, eterna. el sistema español está pensado para que la cosa sea rápida. pero no. porque el teje entero tarda una barbaridad. los minutos pasan como lustros. pienso en la meta, los tallos lisos, sin un surco, sin un cardo. único faro que ilumina mi camino en la oscuridad de los gritos que suceden al tirón a contra pelo. mientras, la tortura caliente de cera verde. Rosa me cuenta sobre sus várices y se las miro. son salchichones azules que sobresalen. las dibujó Miyazaki, pienso. tienen vida propia. veo las várices de Rosa acompañando a una niña japonesa. envolviendo el cuerpo de la niña del que misteriosamente empieza a crecer un vello espeso, hasta que no queda más niña ni Rosa, sólo un cúmulo venoso y peludo.

sin delicadeza, Rosa me pone un broche con forma de mariposa en la bombacha, para que no moleste. me unta la otra pierna. llega hasta el cavado. al lado del broche, que acumula cera de años. esa cera tiene memoria. Rosa tracciona la franja verde para arriba y se traduce en ardor. estoy agonizando. el plástico de la camilla me cocina al espiedo.

Rosa me abre las piernas. soy una rana en la víspera de la vivisección. las rodillas apuntan al este y al oeste. llueve lloverá, pienso, y veo la nube negra en los ojos de mi torturadora. es el momento. Rosa me pasa la miel derretida también en el pubis. en el monte de venus, dice y agarra el palito, el que usa para pintar los costados de los labios. estoy dispuesta a confesarlo todo. quiero gritarle que es cierto que me gustan más los concursos de talento que las películas de pier paolo passolini. que ya no quiero ser flaca, que me conformo que mis amigas engorden, que hubiese preferido quedar viuda antes que divorciada, que cuando salgo de la cama, la dureza del piso toma todo mi cuerpo, que el equis que descansa después del coito me parece un extraño,  que maté a Kennedy, que tengo a julio lopez encerrado en una jaula de canario.

fijo mi mente en la línea de llegada. en la conchita pre-púber, limpita, durazno. maldigo a mis antepasados gallegos que me han condenado a la pincita para separar estas cejas pobladas que dice papá que me dan carácter. qué sabrá él, que es pelado. envidia debe tener. su calvicie ha formado una opinión anacrónica de hippie estúpido, dice que las mujeres no deberíamos depilarnos, que somos más lindas al natural. nunca lo vi con una peluda. hipocresía paterna, una vez más. la cera quema más en la segunda pasada. recuerdo a Ernesto en el patio de comidas del Spinetto. estábamos en tercer grado y nos pusimos a discutir sobre madurar. él, muy seguro de sí mismo, afirma: “vamos a crecer mariana, las cosas van a cambiar. por ejemplo, vos te vas a empezar a depilar ahí, y me señala entre las cejas. muere una buena parte de mi amor propio.  el recuerdo se me escapa en alarido. porque Rosa pega el tirón. porque se le traba en la ingle. porque tiene que tirar de nuevo. en el fondo Rosa lo disfruta, pienso. un sadismo innato la obligó a ser depiladora. podría haber sido odontóloga, economista liberal o miembro del servicio penitenciario bonaerense. pero eligió el negocio de los pelos. optó vender la fantasía de las piernas como autopistas pavimentadas, desforestación cultural. una debe estar lisita en el verano. guay que un pelo interrumpa el mirar lascivo de los pibes de la esquina. falta un cachito nomás, dice con una media sonrisa  y vuelve a agarrar el palo. la vida me pasa enfrente de los ojos, como en una película. así debe ser morir, pienso. último tirón.

 

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