Skip navigation

Monthly Archives: junio 2011

Tardo dos horas en encontrar el look casual que diga no-hace-dos-horas-que-estoy-buscando-este-look. Termino con un intermedio raro, un pantalón amplio, una blusa de hombro descubierto y pantuflas. Me siento frente a la pc a poner música. En el ángulo inferior derecho de la pantalla, la hora pasa despacio.

Mi casa está vestida también. Fantasía de velitas en frascos de vidrio ex-yogurt, los que Susana encontró en el bajo mesada cuando dimos vuelta el departamento. Hace unos días ya que te trabajo la de las velas, me encanta.

Disfruto un rato largo de mi casa dispuesta y preciosa, iluminada y eterna, enfurecida y tranquila. Montaner la pegó con esa pero sigue siendo un horror. En vez, suena lo viejo de Caetano, setentas, fervor de exilio londinense. Me pierdo entre la música y la iluminación.

No sé a qué hora va a venir. Caja de Tres Patitos, los fósforos tienen olor fuerte. Las velas están prendidas. Las rojas están cerca. Tengo cuatro al lado de la compu, tres en el primer estante, otras tres en el de arriba ahí en la biblioteca, un par sobre la tele de 1810, las blancas en el espejo del baño y listo. Luz colectiva de mi espera individual.

Pienso, se me van a derretir todas.

Retoco el maquillaje que tenía de antes. Algo de Rimmel en las pestañas hechas grumo que separo con la punta de un alfiler de gancho para que se cuenten de a una. También uso un poco el delineador negro, adentro abajo y adentro arriba, ilusión de ojos persas. Pero lo más importante es la boca, roja china-comunista, delineada en el borde mismo, para que sea más grande todavía, para que el beso se vea de lejos.

Recuerdo las velas. Se van a derretir antes de que llegue. Las apago por tandas y se me llena todo de humo. Abro las puertas que dan al patio, entra el aire frío que limpia y congela el ambiente. Paso por mi cuarto a verme en el espejo grande otra vez. Estoy de entre casa con los labios pintados a pleno. Me gusta este cualquierismo porque el mensaje es preciso: mi boca es tuya pero tampoco la pavada.

Me miro los pies, me puse medias nuevas, llegan hasta la rodilla y son ralladas de colores. Cien por ciento algodón, como corresponde. Las texturas lo son todo. Ni idea a qué hora llega. Cierro las puertas y me vuelvo a sentar.

Hay un intercambio de mensajes de texto, hay un crédito que se agota. La trama se complica, pienso, ahora no me va a poder avisar que está en la puerta, entonces lo de las velas lo tengo que calcular a ojo. Desde que las tengo se hicieron imprescindibles. Son de las chiquitas, las que una pondría en los hornitos esos que te perfuman la casa. Pero no tengo hornito y el frasco ex-parmalat no te las mantiene. Se van a derretir, vuelvo a pensar.

Las prendo de nuevo. El objetivo esta vez es ensayar cuánto tardo en hacerlo. Tardaría menos si las junto todas en la mesa y después las distribuyo, ya coronadas de fuego. No tomo el tiempo pero me doy cuenta de que así es más efectivo. Las reagrupo y soplo hasta extinguir las llamitas. Sergio Lapegüe en solitario, prendo y apago sin público, devuelvan a los nietos.

Ya pasó como una hora. Calculo que si toca el timbre puedo encenderlas rápido, antes de abrirle la puerta. Presiento una disculpa de él por llegar tarde y mía por hacerlo esperar en la calle helada. Seguro que no trae la coca para el fernet. Ya no hay nada abierto. Tengo agua en la heladera y pochoclo para más tarde. Tendré que usar la olla grande, porque la mediana tiene las lentejas que quemé el lunes. Siempre que cocino a la tarde me pasan esas cosas. El otro día con el arroz yamaní la misma historia. Lo pongo a cocinar, tipo cuatro de la tarde y me pongo a ver un capítulo de Game of Thrones. Cuando me quiero acordar es una croqueta del diámetro de la cacerola. No tengo que cocinar y mirar series al mismo tiempo, pienso.

Así pasa otra hora. Decido pintarme las uñas. También de rojo. Violencia me cabecea las manos, la muy inoportuna quiere cariño, y me hago un enchastre en el dedo medio que el quita-esmalte corrige con vapores de droga barata.

Limpio la mesa de algodones y cenizas y empiezo a armar un porro. Me fijo en taringa a ver si están las instrucciones para hacer la magia cónica que un amante francés me mostró en París. Son dos sedas pegadas una con la otra para hacer como un havanna de flores. Intento un par de veces pero no me sale. Abandono y hago uno digno, bien de Congreso.

Vuelvo al vela-gate. Chequeo el estado de cada una. De los 222 fósforos deben quedar cincuenta a esta altura. A quién se le habrá ocurrido lo de los patitos. Uno a uno fui matándolos de una vela por vez, cacería inflamabe. Ya estoy un poco podrida de todo esto, es una estupidez. Cruzo la mirada por el espejo del living que me devuelve una belleza devaluada, hace un rato estaba divina pero los minutos pasan y la espera me desgaja la confianza. Yo también me derrito, pienso. El amante va a llegar y yo ahogada en una laguna de parafina roja, con los pies anclados en mi propio encanto. Agarro la caja de fósforos, la dejo sobre la tele, repito el proceso varias veces. En la mesa descansan las velas exhaustas de tanta histeria. Las apago mejor.

Suena el timbre.

Mierda.

Me apuro a atender el portero eléctrico. Dice mi nombre completo. Tres Patitos, Catorce velas. Record de rapidez, en un movimiento continuo ilumino el living y el baño, me pongo un saquito y salgo al pasillo.

A %d blogueros les gusta esto: