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Monthly Archives: enero 2011

Siempre quise ser una chica petite. De esas que pesan la nada misma pero con forma. De las que dan frágil, delicada, indie (?). De esas que tienen una carrera cinematográfica sin necesidad de tener talento. O que consiguen contratos discográficos cantando suavecito.

Pero no. Herencia gallego/italiana. Mulatona a medio terminar. No como mi mamá, que era tan flaca que daba enferma y la gente del barrio comentaba que no le daban de comer.  Mi abuela anticipando el escándalo la sometía a inyecciones semanales rellenas de menjunjes vitamínicos, ultracalóricos, para salvar el honor de sus milanesas.

El verano después de terminar de la secundaria lo pasé en Baires prácticamente sola. Estaba casi todo el mundo afuera, incluso mis padres y mi novio de ese momento. La ciudad apestaba al apocalipsis de la crisis económica.

Me agarró una angustia. El estómago cerrado tenía, de pura pimpinela adolescente (porque si no tengo de qué quejarme ahora menos cuando tenía 19). Parte de la ilustración de la tristeza fue dejar de comer, no te pasaba ni una galletita.

Y empecé a bajar. Mucho bajé. En un par de semanas como 7 kg. El resto al principio chocho, estás más flaca? preguntaban y al mismo tiempo sabían que te estaban haciendo un cumplido. Y una como una idiota, no… te parece? debe ser porque es verano, viste que unx come menos por el calor…

En ese tiempo se me dio vuelta la tortilla (la que no comía) y me empezó a gustar la cosa de ser flaca así, un poco antinatural. Me entusiasmé y empecé a controlar el tema de la comida que resulta que era mucho más fácil de manejar que las otras irrelevancias de mi vida.

Es que en un punto yo las entiendo a las Anas… Decidir no comer tiene una como un gustito a TodoPoderoso. El resto de los mortales TIENE que comer, mientras una -etérea, inhumana-, se llena con un mate.

Claro que la contrapartida es que estás completamente loca y se te volvés un pequeño monstruo incapaz de disfrutar todo lo demás. Si no comés bien (salvo escasas excepciones) no cogés bien. Y ahí fue que se me pasó el problema. Me di cuenta de que mi vida sexual no estaba buena y volví rapidito a los fideos con tuco como pidiéndome perdón. Funcionó.

El caso es que una vuelve a comer como una persona, de esas que tienen hambre, pero nunca olvida el ideal Edie Sedgwick, Russian Red, Winona (más noventosa). La fantasía pequeña. La insoportable levedad.

Eso a mí me quedaría enorme (en referencia a una prenda de ropa ajena). Hoy no comí en todo el día (si es verdad o mentira no importa, una es de esas que se controlan).  Éste pantalón me queda enorme y eso que me lo compré el mes pasado (es porque una adelgaza así de rápido). Desayuné un montón (ya es más grave porque es para evitar comer otra cosa). Pedime dos empanadas nomás (mientras el resto se pide mil, como corresponde).

Los hombres heterosexuales juran que les gusta tener de dónde agarrarse, o que no les importa y dicen de aquella que es linda pero demasiado flaca. Pero una cree que la mayoría de ellos está mintiendo. No importa, porque no dejan de enamorarse o de calentarse cuando una anda en piernas y remera. Siempre dije que el equis que después de mirarme el escote se de cuenta de que no tengo tanta cintura merece un cachetazo adelante de todo el mundo. Por limitado, por miope.

Pero este enrosque es más una cosa de nosotras. Las únicas que no lo padecen son las flacas, las convencionalmente flacas, que tienen otros mambos. Sueñan con Mónica Belucci y lloran las tetas de la Coca.

A lo largo de toda la historia, siempre lo mismo. Queriendo lo de las revistas, la cintura de Gina, los ojos de Liz, las tetas de Sofía, la cara de Brigitte, las piernas de la Birkin, el lunar de Marilyn. Pero hoy  todas serían medio gordis, ahora se trabaja la menudez (semilla que plantó Twiggy y que cosechó Kate Moss).

Las de rulos quieren tener el pelo lacio y las que llevamos la lluvia en la cabeza podríamos dar un brazo por un día de escándalo capilar y una permanente natural que deje a todo el mundo con la boca abierta.

Cualquierismo inconformista. Incomodidad solapada. Buscándole el pelo al huevo al divino botón.

Es por todo esto que uno de los peores insultos es “te quedan bien esos kilitos de más”. Yegua. Pocas veces fui tan mala. Juro que ella lo merecía.

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