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Monthly Archives: abril 2010

Hace años que voy mejorando en lo que a autoconocimiento se refiere. Es más, puedo decir que cual cebolla, me fui deshaciendo de capas de autoengaño. El mecanismo siempre es el mismo: fijo un standard altísimo, fallo en cumplir, sufro un tiempo, bajo el standard. Y así sucesivamente.

A modo de ejemplo, puedo identificar que cuando era adolescente mi meta era ser tímida. Con un silogismo básico, concluí que la gente tímida y reservada era mejor vista, de esxs que “nunca hablan, pero cuando lo hacen… te dicen la posta”. Yo siempre fui una máquina de hablar, siempre llamé la atención, mi secundario se debatió entre esas tensiones, por un lado yo era de una manera, pero lo respetado era lo otro. Sufrí como una condenada hasta que conocí a mi segundo novio, que aunque más no sea por fijar un antes y un después en la línea temporal, se merece algo del crédito.

Punto. Yo ya no era tímida, ni iba a serlo, porque ser así de ridícula estaba bien también, incluso descubrí que le caía bien a cierta gente y todo.

Después vinieron otros temas que me mortificaron desde siempre y que requirieron de una introspección exaustiva y agotadora, de la cual surgieron maravillas como mi inclinación hacia la literatura y el hacerme cargo de que usar tacos de 12 cm es una de las cosas que más feliz me hacen en esta vida.

Pero hay un par que todavía me tocan una fibra espantosa en la que la maquinaria del automartirio se activa con sus engranajes a todo motor. Y el proceso termina en una pimpinela como la de hoy, tan migré que da asco, tan empalagosa.

Yo estoy en falta por algo determinado y en vez de solucionarlo lo dejo pasar y crecer, hasta llegar al punto en el que me llaman con un reclamo legítimo y venenoso, del cual yo concluyo que soy la peor persona del planeta. Así tal cual como lo escribo. La peor. Porque si hay algo que una no es, es mediocre… ah no querido… yo seré la mejor, o la peor, pero desapercibida jamás. Esta última reflexión, lejos de desestimar el espiral de autoviolencia, lo reinicia, y de nuevo todo otra vez.

Así fue el miércoles, después del frustrado debate por la ley de matrimonio gay, con la furia que eso supone, después de pasarme unos buenos 20 minutos escuchando a una señora cristiana decirles a los compañerxs de la fglbt que eran unos enfermos, y ponerse a cantar porque esha traía “el poder de Dios, para curarlos”, me sonó el teléfono. Atendí y pude escuchar el click que hace la espoleta de la granada. Me explotaron dos años de negligencia y después de que se disipara el humo ya tenía el cuchillo preparado para cortar lo que haya quedado entero.

Ahora estoy divina, pasado el temblor de mi neurosis que, es verdad, viene cada vez con menos frecuencia pero no por eso con menos fuerza y usando a M y a J como lugar de descargo.

A veces me pregunto que quiero que se lea de mí. Qué quiero proyectar, y no me malinterpreten, en general hago un esfuerzo por quedar más o menos bien parada. No expongo todas mis miserias en este espacio, porque si un blog ofrece una lectura recortada de una, bien puede ser un recorte lindo. Y no voy a andar mostrando la hilacha cuando puedo lucirla. Pero hoy fue distinto, hoy le puse menos empeño a mi rrpp. Porque, en rigor de verdad, hace mucho que he dejado de tratar de caerle bien a la gente en términos de personalidad, complacer desde mi manera de ser es algo de otras épocas. Pero lo de la responsabilidad es algo que todavía sigue sin resolverse, caer mal por no cumplir sigue siendo un problema.

Será cuestión de usar el cuchillo para sacar otra capa de cebolla, llorar con juguito lacrimógeno que te salta a los ojos y aceptar que no puedo con todo, en vez de escarbar con la punta de acero inoxidable hasta encontrar eso que hace que una se sienta horrible.

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